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¿Leche con o sin lactosa?

El principal carbohidrato que contiene la leche es la lactosa (alrededor de un 5% de la leche es lactosa). La lactosa es un disacárido, un azúcar formado por dos monosacáridos unidos: glucosa y galactosa.

Nuestro organismo produce de forma natural una enzima llamada lactasa que es capaz de romper la lactosa en sus dos partes: glucosa y galactosa, haciendo que estos dos azúcares ya puedan ser absorbidos por el intestino.

La producción de la leche sin lactosa no se le extrae la lactosa, sino que se le añade enzima lactasa, con lo cual la lactosa aparece en esa leche ya hidrolizada en sus partes: glucosa y galactosa. La forma habitual de añadir lactasa a la leche es agregar ciertos microorganismos que producen lactasa, como levaduras u hongos. El resultado es una leche más dulce, ya que la capacidad edulcorante de la lactosa es menor que la de los monosacáridos que la componen.

La pregunta es que si nuestro organismo ya produce  naturalmente la enzima lactasa ¿por qué se ha optado por añadírsela a estos productos? La razón primigenia es que una pequeña parte de la población sufre un déficit de producción de lactasa en su organismo, lo que conocemos como intolerancia a la lactosa, así que estos productos estaban originalmente destinados a ellos.

intolerancia lactosa

La intolerancia a la lactosa se puede producir por causa genética. Cuando nacemos, ya tenemos programado cuándo caerá nuestro nivel de lactasa, que es indispensable para tolerar bien la lactosa. Todo se remonta a la época primitiva: cuando los humanos eran recolectores de alimentos y vivían de la caza, las mujeres solían darles el pecho a sus hijos hasta los tres años y, luego, el niño ya no bebía más leche en toda la vida. Pero cuando se produjo el actual período interglaciar, esto propició que la especie humana se multiplicara e incrementara la competencia por los alimentos, y muchos hombres que iban a cazar volvían a los reductos sin nada que comer. La mujer se dio cuenta que si muñía una bestia, la leche del animal quitaba el hambre y, además, alimentaba. Por eso, la mujer fue quien propició la revolución más grande de la humanidad, la neolítica -cuando pasamos de nómadas a sedentarios- y el hombre empezó a consumir leche también de adulto. Esto provocó que la aparición de una mutación en el gen que codifica la lactasa fuese más adaptativa, así que con el tiempo empezó a haber más gente que podía consumir leche toda su vida. En las sociedades que consumieron menos leche, como la semita, mutó también, pero menos. Actualmente, en la población mundial, se mezclan las sociedades que mutaron mucho con las que no lo hicieron tanto.

Entre los semitas, marroquíes y judíos aumenta el porcentaje de gente que sufre intolerancia a la lactosa genética, que es mayor que en los ingleses o americanos, que han tomado leche de vaca durante mucho más tiempo.

Existen casos de intolerancia a la lactosa transitoria, causada fundamentalmente por trastornos digestivos puntuales como úlceras o episodios de gastrointeritis, donde la producción de lactasa de la mucosa intestinal se ve mermada. O, en algunos casos, también aparece asociada a la enfermedad celiaca y a la enfermedad de Crohn.

También puede darse la intolerancia a la lactosa progresiva, en la que se produce una pérdida progresiva de la producción de la lactasa, y por tanto una pérdida gradual de la capacidad de digerir la lactosa. Suele darse a lo largo de la vida en ciertos grupos étnicos en los que tradicionalmente no se consumen determinados lácteos a partir de cierta edad.

●No hay que confundir la intolerancia a la lactosa con la alergia a la leche. La alergia se da a una proteína concreta llamada caseína. Los productos sin lactosa no pueden ser consumidos por alérgicos a esta proteína láctea.

 

Los síntomas de la intolerancia a la lactosa son dolores estomacales, barriga hinchada, flatulencia, diarrea por el efecto osmótico de la lactosa sin absorber, a veces incluso vómitos y masa ósea deficiente (atribuible a un bajo consumo de calcio y vitamina D), aunque en general no presenta demasiada sintomatología o ésta puede ser confundida con otro tipo de dolencia gastrointestinal. El diagnóstico de la intolerancia a la lactosa tiene que hacerlo un médico y se hace mediante una prueba de gases que consiste en beber un vaso de leche y hacer a la persona soplar a las tres o cinco horas de la toma y, luego, mirar los gases que se forman. Si la lactosa llega al intestino grueso sin ser digerida, las bacterias se la comen y hacen gases. El 80% de estos gases se eliminan generando ciertas molestias estomacales y flatulencia, y un 20% pasa a la sangre, llega al pulmón y se elimina con el aire aspirado. Por eso, se soplar para detectarlo. Si el hidrógeno y el metano está por encima de lo normal y el dióxido de carbono es positivo, quiere decir que hay intolerancia a la lactosa.

También puede hacerse por medio de un análisis sanguíneo de sobrecarga de lactosa, un test genético o una biopsia del intestino delgado.

Entonces la leche sin lactosa es un producto destinado exclusivamente a intolerantes a la lactosa, en cambio en muchos casos se publicita sin hacer mención a este tipo de consumidores sino que va dirigido al público general.

♡La estrategia de márquetin puede inducir a error, ya que hace entender que estos productos son beneficiosos para todos cuando no es así. Los motivos por los cuales asevero esto son los siguientes:

  • La EFSA (la Autoridad Europea se Seguridad Alimentaria) ha publicado un informe en el que indica que no está permitido utilizar como  health claim(alegación saludable) la reducción o eliminación de la lactosa de un producto, ya que no se ha demostrado que, para un individuo sano, la ausencia de lactosa repercuta positivamente en la digestión.
  • La Directiva 2000/13/CE prohíbe de forma general el uso de información que pueda inducir a error al comprador o que atribuya virtudes medicinales a los alimentos.
  • Las condiciones para las declaraciones como «sin lactosa» o «sin gluten», dirigidas a un grupo de consumidores que padecen trastornos específicos, deben tratarse en la Directiva 89/398/CEE del Consejo, de 3 de mayo de 1989, relativa a la aproximación de las legislaciones de los Estados miembros sobre los productos alimenticios destinados a una alimentación especial, que indica que estos productos apropiados para el objetivo nutritivo indicado han de comercializarse indicando que responden a dicho objetivo y que satisfacen unas necesidades nutricionales particulares, no generales.

Por estos motivos de peso, la publicidad no debe sugerir que las ventajas que estos productos sin lactosa ofrecen a los intolerantes a la lactosa pueden atribuirse también al público general, ya que esto supone un engaño. Para evitar caer en la ilegalidad, normalmente estos productos se publicitan en televisión añadiendo un texto fugaz a pie de pantalla en el que se indica que el producto va destinado a intolerantes a la lactosa, y lo mismo ocurre con la letra pequeña de la publicidad en papel y el etiquetado.  Se está incumpliendo el apartado dos, porque este método publicitario sí induce a error, y lo vemos en los hechos: cada vez hay más consumidores de leche sin lactosa que no son intolerantes, ya que creen que estos productos ayudan a una fácil digestión.

 

Los productos sin lactosa están de moda, sólo hay que ver cómo han crecido los lineales de este tipo de productos en los supermercados, y cómo se ha incrementado la publicidad.

La duda ahora es si el consumo de productos sin lactosa pudiese revertir el proceso de adecuación evolutiva que sufrió nuestro organismo y promover cada vez más intolerancia a la lactosa. Todavía no se puede hacer un estudio representativo porque la moda del consumo de estos productos sin lactosa es demasiado reciente como para sacar conclusiones de su impacto. A pesar de ello, la experiencia nos dice que esto es posible, que reducir el consumo de lactosa induce a anular la necesidad de que nuestro organismo produzca la enzima lactasa, y por ello pueden darse casos de intolerancia progresiva. Un ejemplo similar lo tenemos en el caso de los celíacos, ya que durante un tiempo se aconsejaba no dar gluten hasta los seis meses de vida, y de mantenerse esta recomendación esto habría propiciado una epidemia. Actualmente la ingesta de gluten se recomienda  a los cinco meses a fin de minimizar la posibilidad de padecer la enfermedad celiaca.

La conclusión es que legalmente estos productos han de dirigir su publicidad exclusivamente a los consumidores con intolerancia a la lactosa, y por otro lado, y no menos importante, la que nos da el sentido común: si no somos intolerantes a la lactosa no tenemos ninguna razón por la cual consumir este tipo de productos, y menos aún en edades comprometidas (la infancia y la adolescencia, donde ya parecen existir indicios a sufrir intolerancia progresiva en algunas etnias), no son ni más saludables, ni más digestivos, ni nos aligerarán la mañana más que la leche común.

Ahora pueden elegir qué consumir basándose en sus conocimientos, no sólo en un reclamo publicitario. Lo bueno de todo esto es que si son intolerantes a la lactosa la ciencia ha permitido que puedan consumir lácteos, y si no lo son, también gracias al avance científico podemos asegurar con rotundidad que cualquier tipo de lácteo que adquieran en un supermercado será seguro.